
Su sombra le pesaba como si fuese centenario. Apenas tenía fuerzas para seguir adelante, "¡un esfuerzo más!" dijo para sí, fue inútil y cayó inconsciente.
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El olor del hogar le abrió los ojos, se sentía como si una manada de dragones le hubiese pasado por encima; buscó su espada, pero no estaba. Se palpó el pecho, y no se calmó hasta no sentir el tacto gélido del Medallón de la Promesa.
Estaba tumbado en una pequeña cama de paja tapado con una raída manta. En la habitación no había ventanas, sólo una caja de madera que hacía de mesilla con media vela encendida. Escuchó pasos; no se fiaba de nadie e intentó conjurar salamandras (Elementales del fuego), las pocas fuerzas hicieron el esfuerzo inútil.
- Buenos días extranjero, le dejaré un poco de sopa y algo de pan duro, es lo único que podemos ofrecer, somos humildes, pero nadie se merece morir devorado por los chacales. - Intentó hablar, pero aquella mujer de cara redonda y de brazos gruesos, se lo impidió.
- Descanse mañana será otro día.
- ¿Y mi espada?
- Mi marido la ha escondido, no nos están permitidas las armas, si los soldados del Conde la vieran, le cortarían una mano a mi esposo, y prendería fuego al granero, el invierno se acerca, y no hay tiempo para recoger más grano.
- ¿Dónde estoy?
- En la el Condado de Verdeluz, aunque yo más bien lo llamaría, de los Caprichos del Conde. - Y salió por la puerta.
La sopa estaba exquisita, algo lavada pero en aquellas circunstancias un manjar de dioses. Reblandeció el pan con el caldo, y comió hasta dejarlo vacío, después quedó dormido
Sus sueños no fueron nada gratos, el Señor Ancestral apareció en ellos armado de un séquito de demonios menores que se burlaban de él, y lo amenazaban con sus garras y colmillos.
El canto de un gallo lo saco de sus delirios, se encontraba bastante mejor, a pesar de apenas haber dormido, y de las heridas. Cogió la túnica y bajó las escaleras, una muchacha joven montaba la mesa, tenía unos ojos casi tan profundos como lo de los Elfos, su piel era morena, curtida por los rayos del sol. Llevaba el pelo recogido, lo que le endurecía un poco el gesto.
- ¡Buenos días extranjero! ¿Me va a ayudar o prefire mirar?
- No,.. perdona, ¿dónde están los platos que faltan?.
- Déjelo, era broma, en su estado no creo que esté para muchos trotes. Me llamo Ariadna, y soy la hija. Ahora conocerá a mi padre y a mi hermano, a mi madre ya la conoce, fue la mujer que le subió la sopa, y veo que le hizo efecto, venía hecho un trapo.
- Es cierto, reconozco una buena poción nada más olerla. - El gesto de Ariadna se contrajo, y su tez morena cogió el color de la cal.
- Ahora, bromeaba yo. - Su olfato no le fallaba nunca, pero al ver el terror que la invadió, decidió cambiar el cariz de la conversación. El color volvió al rostro de Ariadna de manera progresiva.
- ¡No diga eso ni loco!, las paredes tienen oídos, y el Conde está deseando quemar brujas, lo sean o no.
- El Conde debe ser un tipo pintoresco.
- Pintoresco,.. ¡ja!...¡es un sádico! - En ese momento entraron los tres miembros de la familia que faltaban, no se parecían en nada a Ariadna; el hermano y el padre eran hijos de la tierra, tenían la fortaleza y la robustez de las raíces que ellos mismo regaban con su sudor, la madre era una mujer rechoncha, con la cara como un queso y roja como el vino tinto.
- Buenos días, ante todo muchas gracias, por salvar mi vida...
- Es nuestro deber, la vida de los hombres está por encima de leyes y disputas.
- No me he presentdo, me llamo Alundril, pero todo me conocen como El Caminante. - Un rumor se mezcló con el olor a pan recién hecho. Todos conocían la leyenda del Caminante, hijo del Señor Ancestral y una mujer humana.
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"El Señor Ancestral no había sido siempre pura maldad, una vez se hizo mortal, pero la balanza del Bien y del Mal debía estar equilibrada, y los Dioses del Bien maldijeron a aquella mujer que había roto el equilibrio, eso hizo que el Señor Ancestral regresara al lado de los Inmortales más cruel y sádico. Alundril llego a nacer, fuera de toda previsión, y fué criado por el Sumo Sacerdote del Primer Altar, que conmovido por la bondad que emanaba de aquel bebé abandonó los votos, y lo crió y adiestró en las disciplinas de magia, combate y alquimia.
Desde muy joven El Caminante se había dedicado a proteger a los débiles y luchar contra las injusticias, era hijo del caos; un caos necesario, más allá del Bien o del Mal; y que por ahora había escogido el camino del Bien."
Continuará
El Caminante II

Era lunes y por eso olía a pan recién hecho, el lunes era el día de amasado. Los hombres trituraban el trigo en el molino del Condado, y las mujeres amasaba las reservas, pues a pesar del precio siempre se hacía algo más de harina para posibles eventualidades, el Conde era consciente, pero los dejaba hacer, una rebelión no era cosa buena.
Tras el desayuno, El Caminante intentó ayudar a las mujeres a amasar, pero le dolían demasiado los brazos, y como no podía estar sin hacer nada decidió dar un paseo por la aldea.
El mercado estaba ya instalado, y recordó que llevaba una bolsa con monedas, vio dos enormes conejos colgados, cuya sangre estaba aun caliente, los compró junto con algo de fruta y miel, era lo menos que podía hacer por aquella familia que le había acogido sin reservas.
Iba de vuelta a la casa cuando un pinchanzo le taladró la espalda; los secuaces del Señor Ancestral no debían de estar muy lejos, se resguardó en una esquina y se quedó observando. Eran al menos cuatro Falsa-Piel (de apariencia humana, muy crueles ligados a las Salamandras), que hablaban y reían con los soldados del Conde, aquello no pintaba bien y en su estado ni con armas podría hacerles frente. Conjuró a las sombras, para que lo mantuviesen oculto al ojo y olfato de los Falsa-Piel. Sí no pasaban pronto por delante lo descubrirían, su poder era cada vez más débil, pasaron y estuvo a punto de vomitar y descubrirse, el Medallón de la Promesa le permitía ir más allá de los sentidos humanos, y las almas de aquellos demonios eran puro hedor.
Llegó a la casa de Ariadna al borde de la extenuación, las dos mujeres dejaron de amasar para atenderle, sólo pudo articular una palabra.
- Gracias - y entregó la bolsa con las compras a la madre de Ariadna. Desde la inconsciencia pudo percibir la alegría que emanaba la mujer rechoncha, debería hacer años que no comían un buen conejo, seguramnete desde que el Conde convirtiera en coto privado el bosque. Esta vez subió Ariadna.
- No tenías porque hacerlo. - Alundril tenía mejor cara, y ánimo y habló a Ariadna.
- A mí no me engañan ni el color de tu piel, ni la ropa que llevas puesta, corre sangre elfa por tus venas. Y perdona que sea tan directo, pero debes preparar un poción de recarga, o tú toda tu familia perecereís a los caprichos del Señor Ancestral, hoy me he cruzado con cuatro Falsa-Piel, iban con los soldados del Conde, si hubiesen tardado un poco más en pasar por delante, habrían conseguido descubrime, mi destino es proteger a la humanidad, y ahora se que no llegué a Verdeluz por casualidad. Otra cosa, desempolva tus libros de hechizos, y el arco, además de poner en aviso a todo aldeano capaz de empuñar una espada, cuando me recupere, lanzaré un hechizo de protección sobre la casa y debes ayudarme con el Conjuro del Valor . Tenemos tiempo pero no mucho y debes tener fe en mí.
- Pero hace mucho que no practico.
- No te preocupes por eso tu parte elfa, es muy fuerte lo presiento. No hables de esto aun con nadie. - Ariadana salió de la habitación descompuesta por toda la responsabilidad que El Caminate le había pedido, pero en el fondo de su corazón sabía que aquello era lo correcto.
Continuará